Nusr-et México
Salt Bae, el espectáculo gastronómico y la pregunta incómoda: ¿vale la pena?

Si la gastronomía actual fuera un género teatral, estaríamos viviendo la era del absurdo. Justo a tiempo para la fiebre global del Mundial, cuando la Ciudad de México se satura de visitas internacionales, el pasado 29 de mayo abrió sus puertas la primera sucursal en Latinoamérica de Nusr-Et, el imperio cárnico del chef turco Nusret Gökçe. Sí, Salt Bae: el hombre que convirtió el acto de tirar sal gruesa a través de su antebrazo en un modelo de negocio multimillonario.
El restaurante ocupa un espacio estelar dentro del hotel The St. Regis Mexico City. La ubicación no es casualidad: es el epicentro del poder corporativo, el turismo de alto presupuesto y, sobre todo, de la necesidad de ser visto.
Para entender el fenómeno hay que quitarse el monóculo de crítico gastronómico tradicional y ponerse las gafas de analista de marketing. Nusr-Et no compite con los grandes templos culinarios de la capital por su sutileza de sabores; compite en la economía de la atención.
Una Nusr-Et Cheeseburger: $390 pesos. Un Tomahawk Wagyu para dos (1,100 g): ~$3,950 pesos. Y el rey del morbo: el Golden Tomahawk, el corte forrado en láminas de oro comestible de 24 quilates: ~$14,000 pesos.
"El oro de 24 quilates comestible es químicamente inerte. No huele, no sabe, no aporta textura. Su única función es metabólicamente nula, pero socialmente ensordecedora."
El servicio en Nusr-Et es una coreografía diseñada para la cámara del iPhone. Los meseros filetean la carne en la mesa con la velocidad de un ninja de serie B, golpean el hueso con el cuchillo, clavan el tenedor de forma dramática y, finalmente, ejecutan el icónico arco con el brazo para que la sal rebote en sus propios vellos antes de caer en tu carne.
Es ridículo. Es magnético. Es el equivalente culinario a un truco de magia donde todos sabemos dónde está la trampa, pero aplaudimos igual porque pagamos el boleto. Nos irrita porque representa el triunfo de la superficialidad sobre el oficio; nos fascina porque, en el fondo, a la cultura pop le encanta el exceso y el descaro.
Seamos filosos pero justos. Si tu criterio es la técnica culinaria, la maduración perfecta de la grasa y la genialidad de un chef en la cocina, Nusr-Et te va a parecer un insulto. En la Ciudad de México hay al menos cinco lugares —sin oro pero con mucho más alma— donde comerás un corte infinitamente superior por una fracción del precio.
Pero si lo que buscas es ser parte del circo mediático del año, adelante. Paga la hamburguesa o el corte tradicional. Al menos la carne es de buena calidad.
Eso sí, guarda el teléfono un segundo cuando llegue el plato. La verdadera paradoja de comer ahí es que, entre tanta pirotecnia y destellos dorados, el sabor de la carne es lo único que se queda completamente solo en tu boca. Y ahí, masticando en silencio, ningún filtro de Instagram te puede salvar del veredicto real.


