Busqué el origen de la frase que prácticamente todo México repitió con insistencia hasta que la selección inglesa, disminuida y cansada, nos silenció como cada cuatro años. Sin embargo, ahora fue diferente: a pesar de todo, nos quedó un buen sabor de boca. Perder en casa resultó ser más satisfactorio que perder a distancia. El origen está en el polémico técnico de los Pumas de la UNAM, Efraín Juárez.
La expresión «¿y si sí?» es una pequeña joya de la economía del lenguaje. Gramaticalmente puede entenderse como una interrogación condicional elíptica: una frase mínima que dice mucho más de lo que escribe. Comienza con la conjunción copulativa «y», que la enlaza con una conversación o una duda anterior; continúa con la conjunción condicional «si», que abre la puerta de la hipótesis; y culmina con el adverbio de afirmación «sí», cuyo acento diacrítico carga con todo el peso de la esperanza.
Lo verdaderamente fascinante está en lo que la frase calla. Omite el verbo, la acción y la consecuencia. No dice «¿y si sí funciona?» ni «¿y si sí podemos?». Deja un espacio en blanco para que cada persona lo complete con su propio deseo. Por eso «¿y si sí?» funciona como un solo impulso verbal: breve, abierto, provocador.
Pero «¿y si sí?» también puede leerse como nuestro pequeño hakuna matata nacional: una fórmula optimista, pegajosa y tranquilizadora que promete que todo puede salir bien sin explicar demasiado qué tendríamos que hacer para conseguirlo. Queremos que el país cambie, que la selección gane, que el negocio prospere, que la corrupción desaparezca; pero entre el deseo y el resultado solemos dejar un espacio en blanco. Ahí donde debería aparecer «trabajar», «persistir» o «cumplir», colocamos un confiado «a ver qué pasa».
"«¿Y si sí?» no pregunta por el método. Pregunta por el milagro. Es una especie de Génesis civil, pero sin verbo creador."
En el relato bíblico, incluso Dios tiene que decir: «Hágase la luz». Hay una voluntad, una orden, una acción. En nuestra versión espontánea del origen, la luz simplemente aparece —porque el universo conspira, porque ya nos toca—. Nuestro «¿y si sí?» se parece más al Big Bang popular que a cualquier teología.
Y no es que la esperanza sea inútil: toda transformación comienza imaginando que algo puede ser distinto. El problema aparece cuando confundimos la imaginación con la ejecución, el deseo con el proyecto. Porque «¿y si sí?» puede ser una pregunta poderosa, siempre que no sea la última. Después tendría que venir otra, menos bonita, menos viral: «¿Y qué vamos a hacer para que sí?» Ahí aparece por fin el verbo. Y quizá también el país.
En las páginas que siguen te dejo un ejercicio que hice con cinco inteligencias artificiales, entrenadas por competidores que ni se hablan entre sí, sobre otra pregunta que tampoco tiene verbo fácil: ¿nos vamos a traicionar? Léelo despacio.
PD. Cierro esto mientras termina la final: España venció a Argentina 1-0 en tiempos extra, con gol de Ferran Torres, y se corona campeona del mundo por segunda vez en su historia —invicta, con un solo gol recibido en todo el torneo—. Felicidades a la selección española. Y un reconocimiento a los tres países que lo organizaron juntos, Estados Unidos, México y Canadá: sacaron adelante el Mundial más caro de la historia, con todo lo que eso implica de logística, de ambición y también de las preguntas incómodas sobre a quién le queda accesible ver fútbol hoy. Un dato para cerrar, de esos que solo aparecen una vez cada casi cien años: es apenas la segunda ocasión en la historia de los Mundiales en que la final se juega entre dos selecciones que hablan el mismo idioma, el español —la primera fue en 1930, en la final fundacional entre Uruguay y Argentina.